El pasado 22 de mayo tuve oportunidad (compleja, por cierto) de presenciar la conferencia “Oportunidades y riesgos del programa OLPC (Una Laptop por Niño)”, que se dictó en la sede de FLACSO Argentina (ver nota). Fue una experiencia muy interesante, sobre todo por la posibilidad de escuchar en vivo a dos especialistas de universidades extranjeras, como es el caso de Brian Goldfarb y de Warren Crichlow.
Sobre un tema complejo y con múltiples visiones y dimensiones (educativa, cultural, económica, política, etc.), me detengo en una frase de Brian Goldfarb, que dijo: “Hay algo que siempre ha sido real: la mayoría del aprendizaje no ocurre en las escuelas”. Esto me dejó algo perplejo. Si esto es cierto, ¿Cuál es el rol de los educadores?, ¿La verdadera educación-formación está allá afuera, no dentro de los claustros?, ¿Estamos haciendo un simulacro de educación en las aulas, y lo real transcurre en otro lugar?, ¿Es la tecnología una de las causantes de este desajuste?.
Recuerdo la frase de los revolucionarios del mayo francés, que escribían en las paredes de la Sorbona “La vida está en otra parte”, refiriéndose a que lo formal y lo real estaban fuertemente disociados, y que tal vez debíamos salir a buscar lo real fuera de las instituciones, porque allí es donde podríamos cambiarlo. Si relaciono esto con el pensamiento de Goldfarb, este último estaría más cerca de la idea de las películas de Matrix, donde el protagonista luchaba contra un sistema de máquinas que hacía creer a los humanos que vivían una vida normal, de confrontaciones y pasiones que se resolvían con parámetros previamente establecidos, sin posibilidad de salir ni vislumbrar que había afuera de la matriz.
Si nosotros, como educadores, pretendemos transmitir algo más que mero conocimiento científico formal, e influir sobre nuestros alunos para que investiguen y creen su propio conocimiento, parece que estamos navegando sobre supuestos errados al trabajar en instituciones que tienen como estructura fundamental el espacio físico de las aulas, y como medio de transmisión principal el lápiz y el papel. En otro párrafo de su exposición, Goldfarb dijo “Una de las principales corrientes de la pedagogía crítica es reforzar el deseo de aprender que ocurre afuera de la escuela al reconocer el conocimiento y la experiencia de los estudiantes”. Si esto es así, nuestro rol sería el de mediadores entre la realidad que ocurre extra claustros y el proyecto educativo que estamos encarando. Esto implica también el sumergirnos en esa otra realidad, para poder entenderla.
Un ejemplo de esto sería el trabajo como profesor de TICs en la escuela media en Buenos Aires, donde los adolescentes llegan sabiendo cómo operar básicamente un computadora por su utilización en los cibercafé, que tienen su propia subcultura, que luego los alumnos pretenden llevar a las aulas, con sus códigos propios, sus procedimientos de video juego y su lenguaje de chat. Para poder mediar entre esta realidad, y la currícula impuesta por el PEI, ¿deberíamos frecuentar los ciber? ¿deberíamos preparar trabajos prácticos que los alumnos hagan en ese ámbito? ¿deberíamos prohibir a los alumnos ir a esos lugares, de forma que no se contaminen con una educación no formal?.
Creo que estamos ante un cambio muy profundo en la forma de comunicarnos, con una sobreabundancia de datos, y muy poca capacidad para absorberlos, y mucho menos de hacer un análisis crítico de los mismos. Las nuevas tecnologías nos proporcionan herramientas muy poderosas, que aún no sabemos utilizar como forma o medio de lograr que nuestros alumnos se formen como personas que actúen por y para nuestra sociedad, y como forma de hacer de ésta un lugar mejor para vivir.

Ruben, muy interesante tu reflexión. Creo que los docentes debemos prepararnos para encarar esta nueva realidad que ya es parte de la vida de los alumnos, porque de nosostros debe partir la posibilidad de aportar metodologías para desarrolar análisis críticos y prácticas enriquecedoras.